y represión
 
 
 

Tribuna Abierta
Sobre cierres, ERE´s y movimiento obrero

 

Acontinuación presentamos esta nueva sección de tribuna abierta.
Pretendemos con ella dar espacio a las distintas posiciones que desde sectores o
activistas del movimiento obrero buscan aportar a la lucha de los trabajadores.
En este número publicamos el siguiente artículo sobre las luchas contra cierres de empresas y despidosescritpo por

Jaume Quinto, integrante de la Xarxa contraels tancaments de Barcelona

Llevamos años asistiendo a un continuo goteo de cierres de fábricas y a una rica experiencia de luchas obreras de resistencia a ello. Se trata de aprender de esta experiencia para proponer una política, y por tanto un programa, que suponga una respuesta a la situación actual. Nuestra política no puede aparecer como “un invento” sino como algo concreto y viable frente a los problemas con que se encuentran las luchas, potenciando los elementos ya existentes que permiten su avance y combatiendo la conciencia atrasada que las frena. Un programa que combata las políticas reformistas que inmo-vilizan a la clase en la repetición de derrotas y evite activismos estériles que refuerzan al reformismo por quedar éste como la única respuesta “realista”. Trataremos a continuación de apuntar algunos rasgos, más importantes a nuestro entender, de la cuestión.

¿Crisis o chantaje?

Desde hace años los trabajadores estamos sufriendo un ataque a las condiciones de trabajo. Ataque que consiste en la destrucción de trabajo estable y reglado, es decir con derechos, generando paro y trabajo precario, sea temporal o autónomo. Esta destrucción sirve a la vez como presión para que el remanente de trabajadores que no sufren directamente estas medidas, retroceda en sus condiciones salariales, horarias, etc. y sobre todo desarme su capacidad de resistencia a las medidas del capital. Aunque las razones esgrimidas por la patronal se justifiquen en múltiples argumentos económicos (déficit, costos, competitividad, retracción del mercado...) el resultado es incrementar los beneficios del capital. Pero a la vez, dicho ataque tiene también una intencionalidad política: derrotar a la clase obrera, hacerla retroceder. En casi todas las luchas, los trabajadores comprueban que, a pesar de estar dispuestos a pactar “soluciones no traumáticas”, la patronal se niega a ello buscando la humillación, el desarme de los trabajadores. Es decir, busca imponer una “solución” propia que demuestre quien manda y que las luchas obreras son incapaces de evitarla.

Frecuentemente los sindicalistas niegan los argumentos y cifras económicas argüidos por el empresario y hacen bien en desconfiar: la contabilidad paralela, el desequilibrio entre matriz y filial de las multinacionales y la sangría de los royalties, ocultan la productividad real de la factoría. Pero si nos mandan al patíbulo por una sentencia, al menos deberíamos poderla leer nosotros mismos. No podemos aceptar unos datos económicos filtrados y manipulados por una parte a su interés. Frente a las razones patronales, debemos exigir el libre acceso de los trabajadores, y sus asesores, a toda la documentación empresarial.

Pero la oposición a los argumentos del capital y la lucha por este derecho de información no debe enmascararnos que el capitalismo está en crisis de superproducción y en descenso la tasa de ganancia por más que las grandes firmas consigan abultados beneficios gracias a su concentración de capital. El capitalista ya no se expande abriendo nuevas factorías a sumar a las existentes, sino evade capital de un país para invertir reducidamente en otro. Las fábricas ya no pueden producir a pleno rendimiento porque el mercado, retenido por la misma pobreza que engendra el capitalismo, no puede absorber la producción que permitiría la productividad actual.

En resumen, crisis y chantaje: nos encontramos ante una crisis que se utiliza como chantaje contra los trabajadores. Los múltiples sacrificios realizados por los trabajadores no frenan el proceso y los capitalistas terminan quebrando su “función social” de garantizar la vida de los desposeídos a costa de su explotación. La ideología existente oculta que la economía es relación social, entre personas, agrupadas en clases. Ante una economía que se nos presenta incontrolable, debemos responder que entonces es el capitalismo el que debe desaparecer si quiere la clase obrera sobrevivir. Pero ello debe ligarse con el instinto concreto de los trabajadores de defensa de sus puestos de trabajo.

Las reivindicaciones

La reacción inicial de todas las asambleas ante los EREs es de oposición a los despidos, pero al final se impone la reducción de plantilla o el cierre, es decir, la derrota. Si en un principio la estupefacción ante el anuncio de cierre o de reducción de plantilla, genera la reivindicación de “ERE no” acompañada por la confianza en que las autoridades laborales lo denegaran, pronto se intenta “solucionar” cediendo con “buena voluntad negociadora” y buscando “el mal menor”: “Acuerdos si,
despidos no”.

Cuando al inicio de las luchas surge la consigna de “No a los despidos” o “No sobra nadie”, hay que proponer la consigna de reparto del trabajo entre toda la plantilla, reducción de horas o ritmos sin repercusión salarial, insertando esta reivindicación en la general de Jornada de 35 horas. Esta es la conclusión lógica de “No sobra nadie”. Esto supone proponer una “solución” alternativa favorable a nuestros intereses, a la vez que chocar con la ideología reformista que defiende la imposibilidad de reducir beneficios al empresario o a la marca, lo que no es nuestro problema.

Pero defender “planes industriales para la defensa de la marca” es alimentar la ilusión de soluciones “prácticas”, encarrilando la lucha a las razones económicas de la patronal que exige el “sacrificio” de los trabajadores (Carnero y Gálvez justificaron el ERE del 2005 como garantía del futuro de la marca defendida en el plan industrial y comercial de la plataforma unitaria de SEAT). Además,
apostar por pactos de viabilidad o de inversión, supone aceptar una derrota inmediata –los despidos y el retroceso de condiciones asociados- a cambio de un falso futuro, existen numerosas experiencias de incumplimientos de dichos pactos. También supone proponer una falsa solución “práctica” de la fábrica que divide a la plantilla –los que se quedan y los que se van- y fomenta el aislamiento de la lucha dejando de lado la industria auxiliar con el resto de trabajadores afectados. Otra variante de esta reivindicación, es la petición de ayudas públicas (“Ayudas=Empleo”), que coincide con las peticiones que están gestionando las cúpulas de los sindicatos ma-yoritarios con sus pactos de competitividad y ayudas a la industria, cuando la realidad viene demostrando que las ayudas a la patronal, sean directas o indirectas, no frenan el proceso aunque engorden la cifra de beneficios anuales.

En cuanto a la reivindicación de expropiación sin indemnización o sea “Nacionalización y puesta en producción bajo gestión obrera” responde más a la realidad de un capital absentista que deja de cubrir su mínima función social y a la vez exige del estado la obligación de defensa de la sociedad. Pero, además de la dificultad que supone obligar a un estado al servicio de los intereses capitalistas, sigue siendo una utopía planteada como “solución” aislada en el conjunto de la economía capitalista actual. Por la misma razón de asfixia en un sistema capitalista, las cooperativas no tienen futuro.

Ante la lógica de “cuando mejor le va al empresario, más trabajo asegurado”, debemos contraponer que solo la lucha, el temor de la burguesía a unas consecuencias mayores que la disminución de sus beneficios, el miedo a un proceso que se les vaya de las manos -la quiebra de la paz social y la posibilidad de perder sus fábricas- hará frenar al capital en sus planes. Serán las luchas generalizadas las que obstaculicen este proceso o aceleren el camino hacia la revolución.

La clase desarmada

Frente a la ofensiva capitalista, en la que la burguesía cuenta con gabinetes legales de prestigio, empresas especializadas en cierres, estudios psicológicos internacionales de colectivos en situaciones de presión y toda la maquinaria legal y coercitiva del estado, la clase obrera se encuentra con que las armas que forjó en el pasado, los sindicatos, se
hallan en el otro bando y son utilizadas contra ella. Ante la planificación patronal, pactada con la administración, de no abrir un conflicto sin cerrar el anterior, a la clase obrera se le ha escamoteado una estrategia de defensa colándole una de derrota: la paz social (paz continuamente saboteada por el capital) bajo acuerdos de contención salarial y rebaja de las condiciones contractuales, todo ello como “única solución posible”.

Las organizaciones de las que dispone la clase obrera para resistir, para responder al ataque, los sindicatos, desaparecen de escena en cuanto existe lucha o se ofrecen como mediadores para garantizar esta paz social. Incumplen su función fundacional de agrupar a los trabajadores de distintos oficios para resistir al capital dejando desarmada a la clase obrera. Dejan que cada fábrica sea derrotada aisladamente. El desengaño entre los trabajadores de la voluntad de lucha de los sindicatos mayoritarios sirve para omitirlos en sus exigencias, creándose un pacto de silencio en torno a ellos que les permite subsistir para periodos menos conflictivos. La creación de sindicatos alternativos, e incluso su necesaria unificación, no soluciona la adscripción mayoritaria en CCOO y UGT. A éstos hay que exigirles la solidaridad con las luchas, que no las cortocircuiten con negociaciones paralelas o interponiéndose en las decisiones de los trabajadores, sino que cumplan su función de informar al resto de trabajadores de las luchas en curso y de movilizar al conjunto de la clase. Hay que exigir a CCOO y UGT la convocatoria de la huelga general para responder al chorro de cierres reivindicando medidas favorables a los trabajadores. No por creer que lo harán, dado el grado de integración de los aparatos con el estado -aunque no puede preverse de antemano las maniobras a las que puedan verse forzados para mantener su status-, sino porque responde a la necesidad de la clase obrera de no caer derrotada fábrica a fábrica y para demostrar a los trabajadores que en ellos aún confían, su traición y así avanzar en romper la cadena que ata a la clase obrera.

Las negociaciones

La realidad va enseñando a la clase obrera que no es posible negociar con la patronal a pesar del desesperado empeño de los dirigentes sindicales para conseguir una solución negociada que salve los deseos de los trabajadores. Es sintomático como en todos los sindicatos se imparten cursos de “Resolución de conflictos” que en síntesis se basan en la conciliación de clases: para llegar a un
acuerdo ambas partes han de ceder. Estas enseñanzas se centran en las técnicas de detalle del proceso, pero soslayan la cuestión fundamental: las posiciones de fuerza por fuera de la negociación, que son las que determinan el resultado y las que deberían regir tanto la diplomacia como el uso de la legalidad.

La burguesía está diezmando a la clase obrera con inflexibilidad, no se mueve de sus propuestas iniciales excepto para hacer perder tiempo en las negociaciones. Hay que insistir sobre la consecuencia del lema “Solo la lucha paga”. Las negociaciones son un mero escenario teatral que refleja las fuerzas en contienda. La patronal actúa apoyada por la ley, la policía y, cuando le conviene, ilegalmente por hechos consumados pues es quien tiene el poder en este sistema. Además la patronal actúa con sentido de clase, sabe que un retroceso en un “conflicto” implica un precedente para otras luchas y ya decíamos que el ataque es fundamentalmente político. Las negociaciones son el medio de desgastar una lucha, de domesticar a los trabajadores implicados, de hacer aceptar transcurrido un tiempo que no hay otra solución posible más que la que la patronal propone. Frecuentemente en el inicio de las negociaciones, la empresa las sabotea abriendo expedientes disciplinarios a una minoría con el fin de testar la capacidad de respuesta del conjunto de la plantilla. Debemos aprender de las tácticas de la patronal y responder con la ruptura de las negociaciones condicionadas a la anulación del hecho consumado, y no sólo incorporar la reivindicación de su readmisión, pues sino estamos ya en una posición de debilidad en las mismas.

La fuerza real está en la acción de la clase obrera: ninguna confianza en las negociaciones, solo en la extensión y la politización de la lucha. Esto debe reflejarse de entrada en que no podemos tener secuestrados todos los líderes de la fábrica en las negociaciones sometidas al calendario a medida del empresario. Hay que preservar dirigentes de la presión continua de los despachos de la administración, de los halagos personales e intentos de compra: el presidente del cté. o el máximo sindicalista no debe ir a las negociaciones. Este o estos, deben tener como única misión organizar la asamblea, garantizando sus condiciones materiales y su funcionamiento, que es la que ha de decidir sobre el contenido de las negociaciones, y organizar el debate y la lucha no dejando reducir la asamblea a una mera información de la última oferta de la patronal o a lo sumo valorar propuestas de acciones inconexas. El objetivo debe ser avanzar hacia la constitución de un comité elegido por la asamblea, cargos revocables en todo momento, y a su coordinación con los de otras fábricas en lucha. Para ello es fundamental recuperar el funcionamiento asambleario (y para ello debemos apoyarnos en los jóvenes y mujeres tradicionalmente sectores menos sindicalizados) pues la fuerza está en la voz de la mayoría de los trabajadores y no en los comités, pillados en un sándwich entre la presión de base y la presión patronal/administrativa, que perpetúan el dirigismo y la espera del conjunto.

Las movilizaciones

En todas las luchas se busca que la administración, el estado y la clase política medien, frenen e impidan el ataque patronal. Este es el otro frente al cual se dedica grandes esfuerzos. El resultado son escabullimientos, promesas cínicas o engaños flagrantes. Evidentemente las autoridades están al lado del empresario, sea nacional o multinacional, pero sirve para que la asamblea espere y confíe en algún resultado posible, igual que con lo que apuntábamos respecto a las negociaciones. Aunque la experiencia termina desengañando a los trabajadores, la desmo-ralización se impone al no existir alternativa.

¿Dónde está el problema? ¿Qué impide triunfar en “los conflictos” o al menos resistir? El problema principal es que los trabajadores se enfrentan divididos ante un ataque ge-neral de la patronal y del estado. Existe un “localismo de fábrica” originado por la falta de acción colectiva de años de traición de las organizaciones sindicales que evita el contacto entre fábricas amparándose en el respeto a los territorios acotados sindicales. Hace muchos años que ya no aparecen octavillas llamando a la unificación de asambleas, luchas u objetivos entre distintas fábricas. Esta especie de corporativismo, de reinos de taifas, se sustenta en la focalización del problema en la negociación específica del ERE concreto de cada fábrica y la consiguiente primacía de los aspectos legales de este.

Tan importante es luchar contra la confianza en una solución negociada, como luchar contra las expectativas en los partidos
institucionales. El receptor de nuestros llamamientos y nuestras acciones debe ser el resto de fábricas del polígono, las organizaciones obreras y las clases populares. Es aquí donde se deben prodigar las cartas, octavillas y pintadas, con el convencimiento de que nadie ayudará a los trabajadores más que ellos mismos. Este es el terreno donde podemos hacernos fuertes, pues “Fábrica a fábrica nos pueden, unidos venceremos”.

Aumentan últimamente los encierros de fábrica pues el instinto de los trabajadores les empuja a tomar una mayor posición de fuerza que la huelga misma ante la necesidad de defender la permanencia de las instalaciones. El encierro, que de hecho es ocupación, visibiliza el hecho de que los trabajadores constituyen en realidad la fábrica y la dirección son parásitos que quedan fuera. Hay que potenciar esta acción y defenderla de los intentos de desalojo.

Como decíamos, todo depende de la co-rrelación de fuerzas y en la balanza debemos conseguir la incorporación del máximo de efectivos, ya que en última instancia es una lucha a muerte entre clases. Proponer el envío de cartas al empresario o a las instituciones es encerrar la lucha en la pasividad y desviar fuerzas. Hay que actuar colectivamente, pues sino la desesperación termina en acciones individuales de sabotaje o agresión fácilmente reprimibles. El ambiente jocoso de las manifestaciones actuales, contrasta con las caras después del “acuerdo”. Los dirigentes sindicales se limitan a un juego de tira y afloja en la negociación y a llamar a movilizaciones puntuales a la espera de un resultado no tan malo, mientras el conjunto de la plantilla está a la espera con la incertidumbre del final y su desgaste económico, empujando a muchos a desear el fin de “la agonía” o a “buscarse la vida” individualmente, agravándose la división de la plantilla. El resultado final es un mazazo, del que hay que alertar y recordar como está en juego el futuro de las familias. Debemos combatir la inconsciencia, aunque nos tachen de cenizos o alarmistas, y promover la intransigencia de clase contra clase, la huelga indefinida hasta conseguir los objetivos. Hay que aprovechar los primeros momentos de los conflictos, cuando surge la primera reacción obrera, para difundir octavillas luchando contra el apoliticismo y aislamiento del conflicto confiando que los hechos nos van a dar la razón. Desde luego que hay que apoyar la voluntad unitaria inicial, pero sabiendo de las dinámicas de “gestión del conflicto” de los representantes sindicales que, arguyendo “la responsabilidad ante los trabajadores”, terminan pactando a espaldas de los trabajadores para luego presentarles un “o esto o nada” patronal avalado con su firma en el “preacuerdo”. La unidad en la lucha no supone uniformidad en el discurso o silencio cómplice como pretenden hacernos creer las burocracias sindicales. Debemos dar forma política al grito tantas veces coreado de “Si esto no se arregla, guerra, guerra, guerra”. La patronal y el gobierno temen más la politización y extensión de las luchas que no los cortes de tráfico u otras acciones en la vía pública.

¿Hay salida?

Si, porque la necesidad y el instinto de clase obligan a los trabajadores a defenderse y a luchar por su puesto de trabajo. Los trabajadores ya no confían en las direcciones tradicionales del movimiento obrero y en los sindicatos mayoritarios controlados por estas y van acumulando experiencias en sus luchas. Pero no será “visibilizando otro mundo posible” como se va a forjar la solución, sino en la lucha en este mundo por sobrevivir. Es necesario apoyar todas las luchas, tengan las reivindicaciones que tengan, pues son una muestra de resistencia al capital, pero sin
callar nuestras propuestas ya que no pode-mos identificar los dirigentes sindicales del momento con el conjunto de la plantilla. Es en el proletariado industrial -corazón de la clase trabajadora por su mayor concentración- donde debemos abocar nuestros esfuerzos para ayudarlo a organizarse y dar una alternativa a la sociedad burguesa que inte-rese a la mayoría de la población oprimida.

Es necesario un programa que responda a los intereses de la clase obrera, que permita la lucha de clases frontal, retomando las tradiciones del movimiento obrero para insertarlas en las luchas de hoy. Avanzo a continuación un resumen extraído de diversas organizaciones:

* Aumento salarial que asegure el mante-nimiento del poder adquisitivo de salarios. Salario mínimo 1.200€ y subsidio de paro hasta encontrar trabajo. Jornada de 35 horas ya, sin pérdida de salario ni cómputo anual. Precarios a fijos, ni ETTs ni empresas auxiliares: para un mismo trabajo un mismo sueldo, en una misma fábrica un solo convenio. No a las horas extras, conversión de estas a nuevos contratos.

* Ante las reducciones de plantilla: No a las bolsas de horas. Reducción de la jornada sin reducción de sueldo para repartir el trabajo existente. No nos creemos las cifras patronales, derecho de acceso a toda la documentación empresarial. Ante los cierres: Ocupación de fábrica y exigencia de Nacionalización sin indemnización y puesta en producción bajo control obrero. El trabajo es un bien social y no los beneficios del capital.

* Por Asambleas unitarias decisorias y deliberativas. Comités de huelga elegidos y revocables por la Asamblea. Exijamos la unidad sindical para la movilización de los trabajadores por la defensa intransigente de las reivindicaciones obreras. Ruptura de las negociaciones ante algún despido o incumplimiento de lo pactado.

* Coordinemos y unifiquemos las luchas para preparar la Huelga General por nuestras reivindicaciones. Abajo el Gobierno de la patronal y las multinacionales. Por un Gobierno de los Trabajadores.